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Dr. Javier Aga, Derecho Civil II

Escribir un libro no es tarea fácil, digo, refiriéndome a los libros leíbles, aquellos que consideramos “buenos”. Y también agregaría que tampoco lo es recomendar la lectura de un libro, sencillamente porque los gustos de cada uno son tan disímiles como libros escritos hay en el universo.

Pero tratándose de un pedido generosamente formulado por los estudiantes, y atento al profundo respecto y la admiración que tengo por todos ellos, digo de todos ellos, y en particular de aquellos estudiantes que han optado por la militancia como forma de vida, me atreveré a recomendar un libro.

Eso mismo, recomendar un libro no deja de ser un acto de atrevimiento (me atrevo a decirles lo que tienen que leer), que desde ya pido disculpas y mil veces más a quien o quienes siguieron al pie de la letra mi mandato, con resultados insatisfecho.

En el invierno andaluz de 2007, junto a un amigo profesor de derecho penal de esta Casa de Estudios tuvimos el placer de conocer al profesor Andrés Sopeña Monsalve, quien muy gentilmente nos regaló un libro de su autoría, con una advertencia preliminar, su versión cinematográfica no era tan buena por haberse apartado de la letra de original. ¡Tendré que revisar esa cuestión hombre! sentenció el granadino ante nuestra atenta mirada campecho-entrerriana.

Efectivamente, para nosotros era un placer cada encuentro con Andrés Sopeña, hombre de estilo directo y fresco, suelto y gracioso. Un señor profesor de derecho, con una inteligente ironía y un finísimo sentido del humor, nos trató desde el inicio como sus amigos, y eso fue una gran suerte que tuvimos.

Con El florido pensil (Roca Editorial de Libros, S.L., primera edición, septiembre de 2005, Barcelona) Andrés Sopeña buscó en el fondo de su memoria y con humor, un rito liberador que es exigencia de su vida y la de muchos de nosotros. Porque El florido pensil es la narración vital de lo que fue la (des) educación de varias generaciones de españoles de la posguerra en clave nacionalcatólica, un espejo fiel del fascismo postizo del régimen, base también de la construcción y divulgación de su ideología. Pero de una posguerra, ojo, que ha de ser generosamente entendida: pongamos hasta bien entrado el decenio de los sesenta.

Sabemos bien que el franquismo, en todos sus aspectos, siguió a raja tablas las leyes naturales de la vida y sólo con el envejecimiento de su fundador comenzó la lenta decadencia y el definitivo ocaso, no ya sólo real, sino también oficial, de sus encarnaduras políticas e ideológicas.

En cualquier caso, tal como en el libro se relata, fue la (des) educación que Andrés Sopeña recibió como otros tantos españoles de esa época. Y, como suele decirse, “de aquellos polvos, estos lodos”. Aquél fascismo trasnochado y ridículo que se impuso en sus infancias, con recitados, lecturas y una buena dosis de palmetazos, tiene mucho que ver con las mentalidades y actitudes que hoy componen el mosaico de los diversos poderes y formas de vida hispanos, que siguen haciéndoles todavía la puñeta y, de paso, considerablemente diferentes a los ojos del mundo.

Pero es verdad, y los argentinos de esto podemos hablar con autoridad por las prolongadas experiencias vividas a lo largo de nuestra historia, que lo que se enseña en un particular momento histórico, no es producto ni de la suerte, ni del destino, ni del azar, ni de las brujas. Lo que en las escuelas se (nos) enseña es reflejo de la economía, de las relaciones sociales, de la política, de la historia, de la filosofía, de la religión y seguramente de otros elementos que hacen al contexto. En este sentido, el sistema de enseñanza ampliamente entendido, como se ha dicho con acierto “es una conjugación de la sociedad, o mejor, la sociedad misma”. No obstante, en el libro surge claramente que en dicho período había menos sociedad y sí mucho más de una puntillosa y exacerbada voluntad adoctrinadora.

Sin duda, el franquismo realizó el más poderoso y perverso intento adoctrinador de toda la historia de España, ya que la preocupación del régimen fue exclusivamente ideológico y político. Sus instrumentos: la enseñanza religiosa, donde la religión había que entenderla militante y ultracatólica, la patriótica y fascistoide; y la cívica, sentimentaloide y ultraconservadora.

Fueron los tiempos en que, con información aparentemente neutra, se tejían mensajes que por los canales de la repetición, de la costumbre o de la emoción, sí producían en aquellos niños los efectos deseados de conseguir la aceptación como naturales del autoritarismo, de la jerarquía, del militarismo; el refuerzo de la autoridad, del conformismo, de la sumisión; la valoración del líder indiscutido, del salvapatrias, del jefe; la aceptación de la familia patriarcal, de la sociedad desigualitaria, de la pobreza y de la miseria que generan; el refuerzo del machismo y de la cultura del porque lo digo yo; el desprecio de las actitudes pacifistas y universalistas; el alimento de actitudes racistas y xenófobas. ¿Acaso los argentinos no hemos vivido en los años de dictaduras tamaños mensajes? ¿Acaso los argentinos en veinticinco años de democracia nos hemos desprendidos de estos lastres o de algunos de ellos?

Andrés Sopeña recrea en este libro todo ese ambiente, con maestría, con realismo, con pasión, con ternura, con humor, sin referirlo sólo al ámbito cerrado y estrecho de la escuela, sino extendiéndolo en su torno, al conjunto de aquellas vidas cotidianas.

Lo recrea con la ternura y el realismo de quien no es capaz de olvidar la historia, de quien sigue viviendo el pasado, su pasado, en el mismísimo presente, precisamente porque tiene la lucidez de reconocer que no todo ha pasado y que es mucho, por el contrario, lo que permanece; lo retrata con la serena pasión de quien no ha renunciado a ninguno de aquellos principios tan duramente adquiridos y mantenidos en aquella prodigiosa década contra lo oscuro, lo falso, lo impuesto, lo que le hace ser doblemente penetrante y desvelador.

El florido pensil es un espejo grande y claro para aprender mucho acerca de aquellos tiempos, y los nuestros también, de una escuela que repartía capones y palmetazos, leche en polvo y mucho, pero mucho nacionalcatolicismo.

No obstante todo y para finalizar este yo recomiendo, en la dedicatoria que plasmó sobre mi ejemplar, Andrés Sopeña me regaló la siguiente enseñanza que quiero compartir con ustedes: “no deja de ser un pequeño milagro el que después de ‘esto’ algunos aprendiéramos a pensar por nuestra cuenta. Pero el daño está ahí, no se olvida…”

Por Javier Francisco Aga
Profesor Adjunto de Derecho Civil II

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